
Tuxtla Gutiérrez, Chis.- Son alrededor de las tres de la tarde y los dolores y calambres quedaron atrás, justo en el momento en el que poco a poco el cuerpo se hunde en las cálidas aguas, que a la vez refrescan y renuevan el espíritu.
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Centímetro a centímetro, el agua va limpiando el cansancio y borrando toda huella de malestar, casi como si se tratara de un manantial milagroso que te llena el cuerpo, pero también el alma de plenitud.
La orilla de la laguna es de una tonalidad oscura, pues predomina la arena, los frondosos y oscuros árboles y uno que otro tronco que sobresalen a la superficie. Desde la orilla, viendo hacia el horizonte, no se alcanza a ver más que el espejo de agua en el que se refleja la verde vegetación de los cerros, las blancas nubes, y el infinito cielo.
Bueno, ya estamos del otro lado. Ya se acabó el difícil camino, y solo queda disfrutar la conexión con la naturaleza. En la laguna hay un campamento para los vigilantes, que consiste en una galera con hamacas y un cuartito con apenas una cama, no hay luz en ninguna parte.
El campamento de visitantes consiste en otra galera, que al fondo cuenta con vestidores de bambú y dos baños ecológicos del mismo material, a los que se accede mediante unas escaleras improvisadas de troncos y el mismo sendero.
Una vez relajados, cesó el “splash, splash” de las botas desenterrándose del lodo, solo nos envuelve el silencio pintado con los sonidos que emiten algunos animales. “De repente, si tienen suerte, baja un jaguar al campamento”, dice uno de los vigilantes; dice que no hace nada, solo baja cuando no hay mucha bulla. Pero no tuvimos suerte.
Para aprovechar el sol antes de que se meta, nos disponemos a armar las casas de campaña y enjuagar nuestra ropa, que es más lodo que tela en este punto. El clima está perfecto: un calorcito húmedo que se sofoca con el suave viento que viene del agua.
La noche de un día largo
Una vez instalado el campamento, preparamos la carne que nos trajo el carguero, quien –con todo y la hielera con cuatro kilos de carne, tortillas, asador y quesillo- se hizo la mitad de tiempo que nosotros. “A veces en media hora lo hacemos”, dice, como si nada, pues para él, aquel maratónico trayecto no es más que su labor diaria.
Mientras comemos para reponer energías, el sol empieza a esconderse, y aquí comienza mi dilema… no sé si Miramar me gusta más bajo la luz del sol, al atardecer, al anochecer o al amanecer; cada momento tiene su magia y su encanto propio.
Uno no se da cuenta, sino que de repente, te cae la noche y te envuelve la oscuridad, pero no es tan escalofriante como pensaba, sino que los sonidos de la selva se intensifican y los sentidos se agudizan, mientras que vemos un majestuoso rayo cayendo a lo lejos, casi como si picara el borde de la laguna en la lejanía.
Por fin nos vamos a dormir, y me doy cuenta que apenas son las 10 de la noche, cuando en realidad pareciera que ya son las 3 de la mañana. Uno pierde la noción del tiempo, y debido a que no hay luz, da la sensación de que las noches son más largas.
Llovió toda la noche en Montes Azules, con un “chipi chipi” que arrullaba los sueños junto con el cansancio de aquel día y la tranquilidad de estar ahí. ¿Quién iba a pensar que así se sentía estar en medio de la selva, que algún día lo lograría sin morir en el intento?
Y es que la selva no es tan peligrosa ni tan incómoda como uno podría pensar. De hecho, solo viviendo la experiencia en persona uno puede comprender esa sensación de aventura, valentía y a la vez calma, de que no existe nada más que uno mismo y aquel maravilloso lugar (no, no hay señal de celular tampoco).
El viaje no termina
Al otro día, despertamos como a las ocho, literalmente entre nubes, pues la lluvia de la noche anterior había dejado niebla, una mañana gris claro y las nubes más bonitas que he visto al despertar. Se supone que debíamos estar listos a las seis, pero aún en los sleepings y sábanas, dormimos y descansamos tan bien, que nos tardamos un poquito más.
Así que finalmente nos alistamos para el tour en cayuco, y mientras esperábamos a nuestros guías preparamos las quesadillas de desayuno. Cuando todos estuvimos listos, partimos tres personas en cada cayuco, más el guía, para conocer mejor Miramar; y es que los miembros de la comunidad no quieren implementar lanchas de motor para no contaminar tan preciado lugar.
Después de navegar aquellas aguas tranquilas, apenas con un ligero empuje de las olas y con el sol aún sin aparecer del todo entre las nubes, la primer parada fue el mirador, o más bien la isla en que nos aguardaban cuatro miradores, desde los que se aprecia la laguna tal como en las fotografías aéreas, pero con tus propios ojos.
Había que subir mil 500 metros, pero en un camino sin tanto lodo y con barandales y apoyos para no caer. Justo al inicio, la Cueva del Mamut nos invitaba a continuar conociendo las maravillas del lugar, y conforme más subíamos, más calor hacía.
Ni hablar de la vista al llegar hasta arriba. Cada uno de los cuatro miradores ofrece una vista distinta, que permite apreciar las distintas tonalidades del agua, incluso el oscuro color del Lago de Cocodrilos, al que ni siquiera los abuelos de nuestros guías se han acercado jamás, porque es la única zona en la que atacan estos animales, mientras no entres ahí, estás a salvo.
Volvimos a bajar, para subir de nuevo al cayuco y remar hasta una parte más parecida a un manglar, con vegetación baja y raíces gruesas, lirios y pequeños peces, que encierran la formación rocosa conocida como El Muñeco. Tienes que pararte a cierta distancia para poder distinguirlo, y asemeja la escultura de un hombre cavernario, o algo por el estilo.
El último destino en nuestro recorrido era Tres Islas, un conjunto de formaciones rocosas que forman algo como albercas naturales, donde pudimos bajar a nadar y tomarnos fotos en total tranquilidad. Aquí, incluso por debajo del agua, hay precipicios, por lo qué hay que tener cuidado en donde se pisa para no pasar de que el agua te llegue a las rodillas, a que no puedas distinguir el fondo.
Media hora después -a regañadientes porque no queríamos irnos, pero tampoco que nos agarrara la noche de regreso- regresamos a las embarcaciones y llegamos de nuevo al campamento, agradeciendo a nuestros guías por su disposición y por aguantar nuestras preguntas, peticiones y relajo. Era hora de levantar todo, preparar las últimas provisiones y emprender el regreso, para el cual muchos optamos por pedir caballos, pues no confiábamos en que nuestras piernas respondieran.
El regreso en caballo duró aproximadamente una hora y cuarto, mientras que los dos o tres que se aventuraron a regresar a pie, esta vez tomaron otro sendero y llegaron casi al mismo tiempo que nosotros a la base. Los grandes héroes de esta historia fueron esos caballos, que soportaron nuestro peso, el de nuestras cosas y la dificultad del lodo, las pendientes y los arroyos que cruzamos, sin dejarnos caer ni desfallecer en el intento. Gracias infinitas.
Cuando llegamos a la base, tomamos un baño para quitarnos el lodo y el olor a ahumado, y nos dispusimos a recorrer el camino de vuelta a casa, cansados pero a la vez agradecidos por la experiencia vivida y por haber tenido la oportunidad de conocer tan fascinante lugar, completamente satisfechos de elegir ese destino, con todo y sus complicaciones.
El regreso fue más pesado, quizá porque nos fue anocheciendo en el camino y por la prisa de salir de terracería antes de la noche, además del cansancio y de querer ya la comodidad de una cama… o quizá era la tristeza de dejar aquel paraíso, y volver a la selva de cemento y tráfico.