Cada día, 25 casos de violencia familiar en Puebla

Puebla, Pue.- En promedio, se registraron 25 casos de violencia familiar diariamente en el estado de Puebla, ya con 5 mil 348 Carpetas de Investigación (CDI) iniciadas en los primeros siete meses del año, la entidad ocupa la octava posición a nivel nacional por mayor incidencia delictiva.

Lo anterior representó un incremento de 24.2 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior, refiere el Consejo Ciudadano de Seguridad y Justicia del Estado de Puebla (CCSJ), con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Puebla fue el municipio con mayor incidencia, con 2 mil 271 CDI iniciadas, seguido de Tehuacán (350), San Andrés Cholula (203), San Pedro Cholula (169) y Atlixco (154). Hasta julio de este año, Puebla ocupó el sexto lugar a nivel nacional entre los municipios con más registros por este delito, tan sólo por debajo de Juárez (Chiapas), Tijuana, Iztapalapa, San Luis Potosí y Durango.

Esto significa que la capital concentró 42.46 por ciento de las Carpetas de Investigación durante los primeros sietes meses del año, siendo mayo el de mayor incidencia (396 CDI). Aunque la variación junio-julio fue de apenas 2 por ciento para el municipio —toda vez que los casos registrados pasaron de 326 a 334—, y de 6.8 por ciento para el estado —de 792 a 846 casos—, las cifras aún son alarmantes.

La violencia familiar, de acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), se define como “un acto de poder u omisión intencional, dirigido a dominar, someter, controlar o agredir física, verbal, psicoemocional o sexualmente a cualquier integrante de la familia”. Dichas acciones u omisiones intencionales pueden cometerse dentro o fuera del domicilio, por quien tenga o haya tenido algún parentesco por afinidad, ya sea civil, matrimonio, concubinato o incluso a partir de una relación de hecho; al final, lo que se considera es que éstas tengan por efecto causar daño a la persona.

El derecho de las personas a vivir una vida libre de violencia —apunta la CNDH— se vulnera al ejercer uno de los diferentes tipos de ésta, que pueden ser física, psicoemocional, patrimonial, sexual, económica y contra los derechos reproductivos.

En el caso de la violencia psicoemocional —por donde suele comenzar gradualmente la violencia familiar—, ésta se ve reflejada en prohibiciones, coacciones, condicionamientos, insultos, amenazas, actos de celos, indiferencia, descuido reiterado, chantaje, humillaciones, comparaciones destructivas, abandono o actividades devaluatorias, todas ellas encaminadas a provocar alteración autocognitiva y autovalorativa en las personas que las reciben; es decir, a minar su autoestima. 

Aunque la violencia familiar suele estar sobre todo dirigida a las mujeres, también puede ejercerse hacia personas adultas mayores, menores de edad y personas con discapacidad.

La violencia es una constante en nuestras relaciones: Ovigem

“Más allá de los números, lo que nos dice esta situación es que la violencia es una constante en los hogares, en nuestras relaciones como personas y en nuestras relaciones como familia,” asegura Samantha Páez, coordinadora del Observatorio de Violencia de Género y Medios de Comunicación (Ovigem).

Claramente, esta violencia —continúa Samantha— tiene que ver con el patriarcado, con esta superdistinción entre las labores del hogar y las labores de cuidado, que son responsabilidad de las mujeres; y las labores fuera del hogar, remuneradas, propias de los hombres.

“Cuando empezamos a entender que esta dinámica no es la correcta, podemos hablar de que la violencia dentro de las familias va a disminuir”.

Esta distinción estereotípica incluso ejerce presión sobre los hombres, obligados a proveer y a cargar con el sostenimiento de la familia, llegando con estrés y preocupaciones a la casa, donde la mujer, que también tiene una carga importante, está impedida de salir del hogar porque tiene que cuidar de los hijos y hasta de personas con discapacidad o adultos mayores, labores por las que no recibe ninguna retribución; por el contrario, algún grado de violencia por parte de su pareja, propiciado y reproducido por este sistema.

“Romper con estos estereotipos, que están súper marcados y que se refuerzan todos los días en todos lados; podemos empezar a modificar nuestras dinámicas familiares y entender que para empezar, todas las personas tenemos que cooperar en el hogar,” agregó, no sin antes explicar que cada familia tiene una dinámica distinta, pues no todas las familias están compuestas por mamá, papá e hijos.

No basta reconocer las cifras

“Ése es el primer paso y está bien —reconocer que estamos en un estado machista que pone en riesgo la vida, sobre todo de las mujeres en Puebla—, pero no basta con eso,” indica Samantha, para quien hace falta una solución de fondo, una que comienza con dejar de ver a la violencia familiar como un problema de seguridad equiparable al robo. Más que un problema de seguridad, es un problema social.

“Es un problema social que debe enfrentarse desde muchos frentes y en coordinación, porque el patriarcado y la violencia machista no se van a acabar de la noche a la mañana; es algo cultural que está muy arraigado, incluso en nosotras las mujeres,” afirma.

No obstante, resulta necesario ver hasta qué punto se involucran las mujeres —con perspectiva de género— en la toma de decisiones, específicamente en la asignación de recursos. “Si no le asignas presupuesto a este tema, no va a avanzar”.

Nos falta mucho por hacer

La directora general de Vinculación, Prevención al Delito y Relaciones Públicas de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), Liliana Rosas Labastida, asegura que aunque la instrucción desde el gobierno del estado es atender la declaratoria de Alerta de Género y enfocar todas las acciones y esfuerzos oficiales con perspectiva de género, aún les falta mucho por hacer.

“Nos falta mucha capacitación a todos los servidores públicos que estamos involucrados, que entendamos que hay víctimas que pueden vivir episodios de violencia 5, 6, 7, 8 o hasta 10 veces. Nos cuesta trabajo entender que las víctimas recaen y tendemos a juzgarlas, cuando hay toda una historia detrás que es muy difícil de romper y reconstruir,” agrega.

Nueve meses de violencia psicológica

A raíz de un problema médico, Ximena, de 22 años, estuvo incapacitada durante los primeros meses de su relación sentimental más violenta, lo que la hizo “dependiente de cualquier persona”; cuando volvió a valerse por sí misma, comenzaron los problemas.

“Antes de que esto pasara, él se molestaba cuando le prestaba atención a otros hombres, aunque fuera una plática normal como la que tienes con cualquier persona; pero ya cuando comencé a salir con mis amigos otra vez, él se ponía en la típica descripción de macho, violentándome psicológicamente,” dice Ximena, quien recuerda que aunque su exnovio le decía desde un principio que no la acompañaría porque “no le gustaba su ambiente”, llegaba media hora antes de que ella saliera de su casa.

En esos primeros momentos, la violencia era sutil: “Solamente yo me daba cuenta de que me estaba ‘nefasteando’, y como siempre me sentía incómoda y culpable de que él no se la estuviera pasando bien, entonces me iba. No me dejaba ser, solamente iba conmigo para controlarme y manipularme.”

La conducta de su pareja, sin embargo, comenzó a cambiar gradualmente. Primero recriminándole si un comentario afectivo se lo había dicho a alguno de sus exnovios, luego llamándola mientras se encontraba en una fiesta para que ella regresara a su casa “a discutir sobre un problema irreal”, y finalmente, una pelea afuera de un bar que solían frecuentar.

“Y entonces me empezó a gritar, situación que pasó a que yo le dijera la verdad: si yo había abortado —la verdad es que si yo lo hubiera hecho, no me daría pena decirlo.” Dos de sus amigos tuvieron que salir por él y llevárselo del lugar; Ximena, por su parte, le dijo que no lo quería volver a ver.

Al menos nueve meses de violencia psicológica —de una relación de un año y medio—, debió soportar Ximena. Sin embargo, el hostigamiento no terminaría ahí.

Hasta ocho o nueve meses después, su expareja —que tenía conocimientos en informática—, seguía hackeando sus cuentas de correo y redes sociales.

El testimonio de Ximena, periodista desde hace casi una década, sufrió de algunas incredulidades. Su exnovio era conocido por ser activista de derechos humanos, además de una persona muy atenta.

“Una buena parte de las personas a las que les conté sí me creyeron —luego luego—, pero hubo uno que otro que sí se rehusaba diciéndome ‘pero no, él es tan bueno y tan noble, ayuda a la gente, cómo crees…’, como decidiéndome ‘agarra el pedo, él no pudo haber hecho eso’”, aunque después de todo esto: los chantajes, los hackeos, las manipulaciones y la violencia psicológica, “yo ya no quisiera más que dejarlo”.