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KAZAJISTÁN, DONDE CADA DÍA PUEDE SER NAVIDAD


Redactado por: adriana bravo
junio 3, 2016 , a las 1:10 am

Astaná, Kazajistán.- La Navidad, como la independencia, ha llegado tarde a Kazajistán.

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En una plaza gélida de pinta soviética, un Papá Noel desfasado posa con una familia frente a un árbol de Navidad. Junto a él se exhiben un tigre, un gorila y un oso panda con aspecto de haber recibido una paliza. Han pasado semanas desde la Nochebuena, pero no parece importar a nadie: otros grupos de personas hacen cola para inmortalizarse en la estampa surrealista.

Es un sábado cualquiera en Almaty, antigua capital de la última república soviética de Asia Central en convertirse en un país.

Hoy un petroestado de 24 años de edad, Kazajistán fue durante décadas elbasurero del Imperio. Moscú destinaba allí gulags, lanzaderas espaciales y experimentos al aire libre con armas biológicas. La lista negra de chapuzas tiene un pico en los sesenta, cuando un gran plan de irrigación terminó con la desecación casi absoluta del mar de Aral, que había sido el cuarto lago más grande del mundo.

La transición hacia un Estado soberano y geográficamente estratégico ha sido orquestrada por Nursultán Nazarbáyev, un antiguo burócrata del partido comunista con un parecido razonable a Josep Pla. El rostro siempre afable de Nazarbáyev es omnipresente: incluso en la remota Aralsk, antigua ciudad portuaria del Aral, las paredes hablan de los logros del padre de la nación.

Aralsk, que en su día envió pescado a gran parte de la Unión Soviética, es hoy un villorrio pobre y decadente en medio de un desierto salado. Sus calles sin asfaltar desembocan o en un puerto sin mar, o en el aeropuerto, abandonado y saqueado. Cerca de allí, al lado de la base donde se experimentó con armas biológicas, hay el mayor cementerio de bacterias de ántrax del mundo.

En Aralsk, los retratos del patriarca no han de competir con anuncios publicitarios. Ninguna compañía gastaría dinero en anunciarse allí.

Un kazajo bajo llamado Serik Dyussenbayev, cuya cabeza se hunde en un enorme traje militar, se anuncia como jefe de una oenegé creada para revivir el Aral. En su jeep viaja una turista coreana que parece insertada en el paisaje con photoshop. “Ha venido sola. Muchas lo hacen”, dice Serik, después de hacer una broma fracasada sobre “mi nueva novia china”.

Serik asegura que en la temporada veraniega llegan decenas de turistas cada semana. La imagen pintoresca de los barcos abandonados en un desierto tiene su morbo, aunque en los últimos años el interés ha decaído. La mayoría de las naves han sido desmanteladas por cazadores de metal. Ahora sólo quedan tres carracas oxidadas difíciles de asociar con nada marino. “Intentamos protegerlas para que no se las lleven también”, dice Serik.

Sabe que, de perder estos tres últimos barcos, Aralsk se quedaría sin el único premio de consolación dejado por los múltiples desastres medioambientales: el turismo de desgracia.

Arman, un expescador de Aralsk, es uno de los locales reconvertidos en guías turísticos. Ha sustituido la caña por el pedal: lleva a los visitantes a fotografiar los deshechos del Aral y les aloja en su casa, donde son alimentados con las sopas hipercalóricas de su mujer.

Su hija de trece años no levanta la cabeza de un iPhone 5. Estudia en Instagram los cotilleos y novedades de su amplio círculo social. Mediante el traductor de Google indica que “Lo que más me gusta del mundo es hacerme fotos”. Es una maestra del selfie y, para demostrar su fervor religioso, recita el salat (la oración islámica) de carrerilla.

Cuando le preguntamos si piensa vivir toda su vida en Aralsk, pone cara de no entender la pregunta. Contesta sin pensarlo que “evidentemente: Aralsk es la mejor ciudad del mundo.”

Al amanecer, el jeep de Arman recorre mecánicamente el desierto que fue fondo marino. Se detiene frente a cada uno de los tres barcos y en un pueblo decrépito que aparece de repente como un antiespejismo. Allí, por lo que debe ser el parque infantil más triste del mundo, corre sin dirección una manada de caballos.

Hasta donde alcanza la vista sólo hay estepa, sal y nieve. El expescador se agacha y recoge una concha medio enterrada en el hielo: “Todo esto era more (mar)”. Y sonríe enseñando sus cinco dientes de bronce.

Al final de la excursión están los residuos del gran Aral: un lago pequeño, congelado la mitad del año. En la orilla, el jefe de la oenegé fuma cigarros en cadena mientras la coreana se hace fotos y patina mar adentro. Su organización existe para “revivir el mar de Aral ofreciendo apoyo a la pesca sostenible”, como indica su web, pero su única actividad visible es vender visitas empaquetadas con tasas de monopolio: cien dólares por una excursión en jeep a las carracas.

Al ser cuestionado sobre los progresos en la resurrección del mar, Serik se esfuma y no vuelve a coger el teléfono. Respondiendo a la pregunta, y como apaciguando a los súbditos, un cartel en la ciudad asegura que “El jefe de Estado está trabajando para resolver problema del Aral”.

En el 2005, con la ayuda del Banco Mundial, el Gobierno construyó una presa para retener el agua de la mitad norte del mar. Como resultado, ahora la orilla está a doce kilómetros de Aralsk (antes estaba a más de cien). El Aral está volviendo, lentamente, a la ciudad que lleva su nombre.

El nuevo Aral de agua dulce no es el único mar artificial construido por el Gobierno kazajo. El otro, a más de mil quilómetros, tiene arena importada de las Maldivas y una temperatura constante de 35º. Está en la última planta de un centro comercial de Astana, la flamante nueva capital de la república.

Astana es otro espejismo en medio de la estepa kazaja. Sus rascacielos surgen abruptamente de la nada, como una alucinación psicodélica, pocos kilómetros al norte de la región gélida a la que Stalin condenó a cientos de presos políticos españoles.

“ThisisDubai”, proclama el taxista mientras conduce a velocidad suicida entre pirámides, parques de atracciones de hielo y mezquitas gigantes. Alrededor todo es nuevo y estridente. Aunque la religión oficial es la musulmana, los altavoces vierten villancicos a todo volumen en las calles desérticas.

El taxista, que se empeña en llamar Abdullah al fotógrafo, no va desencaminado. Como la capital de los Emiratos Árabes, Astana (que significa “capital” en kazajo) se construyó de la nada al ritmo de las exportaciones de gas y petróleo a finales de los noventa. La ciudad, aún menor de edad, cumplirá los 18 el próximo 6 de julio, coincidiendo con el 76 cumpleaños del presidente.

La riqueza ingente de Kazajistán parece destinarse exclusivamente a que los astaneses olviden que viven a -40º. Como el señor Burns, el villano de Los Simpson que quiso tapar Springfield con una cúpula, Nazarbayev planea construir una bóveda de dos kilómetros sobre parte de su capital. Se llamará Indoors City y traerá la primavera eterna.

A cada iniciativa similar, el régimen se aplaude a sí mismo. Expuesto en un hotel de la ciudad, el Astana Times dedica todas sus páginas a resaltar los pasos del líder “en el camino de la realización del gran sueño kazajo”.

El falso periodista Borat asoció la imagen de Kazajistán con la de un cutre e incestuoso pueblo de gitanos. Astana escapa del tópico, a la vez que de la sordidez de Aralsk, huyendo hacia arriba: el centro comercial de la playa, diseñado por el británico Norman Foster, es la carpa más alta del mundo. En la cima de sus 150 metros, las tumbonas del Sky Beach Club permiten disfrutar en bañador del brutal invierno estepario.

Bota, una veinteañera que trabaja en la recepción de la playa, hace grandes esfuerzos para entender por qué alguien de Barcelona ha viajado hasta su país. Lo define de forma breve y con una mueca de asco: “Es frío”. Detrás, una pantalla emite en bucle el vídeo promocional del Sky Beach Club, en el que multitudes de jóvenes bailan, se bañan y viven al máximo su juventud. Bota desmiente que la realidad sea parecida: “En este país siempre es martes”.

Abajo, en el gigantesco vestíbulo del centro comercial, suena eternamente el hit navideño de Wham!: Last Christmas I gave you my heart…. En Kazajistán, si el presidente lo desea, cada día puede ser Navidad.

Principal socio de la UE en Asia Central

Las relaciones bilaterales entre España y Kazajistán recibieron un empujón el pasado abril, cuando el ministro de Exteriores en funciones, José Manuel García-Margallo, visitó el país acompañado de representantes de 13 empresas nacionales. La cooperación entre los dos países se remonta a hace unos años; tuvo su punto álgido cuando la empresa de equipos ferroviarios Talgo abrió su primera fábrica en Astana, en el año 2011. Desde entonces ha colaborado con la empresa kazaja de ferrocarriles en la construcción de las líneas ferroviarias del país euroasiático. Ahora, atraídos por la inminente privatización de grandes empresas nacionales kazajas, otros buscan seguir el camino abierto por Talgo: durante la visita oficial, Margallo y delegados de Indra, Ineco, Maxam, Técnicas Reunidas, Tecnove Secutity y otras compañías asistieron a un foro empresarial en Astana donde se debatían cuestiones relacionadas con la privatización infraestructuras, gestión de residuos, etcétera.

Con estos movimientos diplomáticos, España sigue la estela de la Unión Europea, que firmó en diciembre del 2015 un acuerdo múltiple de cooperación con Kazajistán. Pese a sus tics autoritarios, la ex república soviética, con su localización geoestratégica y su crecimiento económico sostenido por las abundantes reservas minerales y la exportación de gas y petróleo, se ha convertido en el principal socio de la UE en Asia Central.